Ursula K. Le Guin

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Ursula K. Le Guin: domesticar el presentimiento

 

por Irene Ocampo

 

Nota aparecida en el diario La Capital de Rosario, Santa Fe, Argentina el 12/12/93.

 

"La vida es posible sólo a causa de esa permanente e intolerable incertidumbre: no conocer lo que vendrá". Así Ursula K. Le Guin deja en claro aquello que no lo está. Y a través de su novela "La mano izquierda de la oscuridad"[1] (Left hand of darkness) comprendemos que será muy útil llegar a domesticar el presentimiento y también aprender a hacer la pregunta para poder obtener la respuesta.

Nacida en 1929 en Berkley, California, es hija del famoso antropólogo Alfred L. Kroebe. Ganadora de los más importantes premios que se otorgan a las obras de ciencia ficción, goza sin duda de la popularidad entre los amantes del género; pero no por esto deja su obra de ser conocida sólo como de ciencia ficción: "Me llevó años darme cuenta de que elegí trabajar en géneros tan marginales y despreciados como la ciencia ficción, fantasía, y literatura para jóvenes, precisamente por estar excluida de la supervisión crítica, académica, canónica, dejando a la artista libre; me tomó diez años más llegar a tener el juicio y el valor para ver y decir que la exclusión de los géneros de la literatura es injustificada, injustificable, y no un problema de calidad sino de política".[2 ] Parto de este análisis de la autora para sumarme a su conclusión y en definitiva tratar de anular esa suerte de política.

Sus novelas más apreciadas y que han sido favorecidas con los más importantes premios son: la ya citada "La mano izquierda de la oscuridad" (1969), "El nombre del mundo es bosque" (1972), "Lo desposeídos" (1974), "Un mago de Terramar" (1968), "Las tumbas de Atuán" (1971), "La costa más lejana" (1972), y todas ellas afortunadamente traducidas al castellano. Sólo con las dos primeras novelas aquí citadas me bastan para asegurar que me estoy refiriendo a una escritora, a la artista libre a la que ella misma hacía referencia.

Partiendo de "La mano izquierda de la oscuridad", la palabra de la autora se sitúa en ese límite, en esa zona frontera donde los estilos se cruzan y logra en definitiva componer una gran metáfora sobre la humanidad, su origen, su futuro: "No sé dónde se tiende la línea entre ciencia ficción, ficción fantástica, ficción imaginativa y ficción realista; como si fuera un círculo, se llega luego al realismo mágico. Todos son grados de un mismo espectro. Obviamente, hay diferencias, y se pueden hacer ciertas distinciones específicas, se puede decir esto pertenece a la ciencia ficción, esto pertenece al realismo, pero es muy difícil hacer cualquier clase de definición general"[3].

En un mundo como Invierno (Gueden), donde el frío, la lluvia, la nieve en sus distintas graduaciones son los que dominan durante la mayor parte del año, su habitantes han desarrollado estrategias para sobrevivir en un clima en el límite de lo tolerable. La sobrevivencia es entonces la lucha cotidiana en ese mundo marginal, no hay ahí lugar para pensar en la guerra y, lo que es más contundente, no hay una palabra que designe a la guerra. "Disputas, asesinatos, enemistades, todo esto cabía en el repertorio humano de Gueden, pero no llevaba a la guerra. Estas gentes parecían carecer de la capacidad de movilizar. Se comportaban en este sentido como bestias; o como mujeres. No se comportaban como hombres o como hormigas. Nunca lo habían hecho hasta ahora"[4]. Esta cita apunta hacia otro tema importante en "La mano izquierda de la oscuridad". Los habitantes de Gueden, bajo su apriencia humana, salvo aspectos que tienen que ver con la adaptación al clima casi polar, ocultan algo que a los humanos enfrenta con un "impacto biológico": los habitantes de Invierno son la mayoría del tiempo hermafroditas neutros. Nuevamente Le Guin nos asombra y nos conduce por un camino de reflexión, un camino que dentro de los actuales planteos de igualdad y lucha contra discriminaciones diversas, nos permite imaginarnos un mundo ideal. Un mundo en donde "uno es respetado y juzgado sólo como ser humano". Entonces podemos ver expresada la inquietud de la autora por replantearse qué significa ser un hombre o una mujer; al respecto ha dicho: "Es un intento de repensar todo eso, de encontrar la manera de pensarlo. Por supuesto, si escribiese este libro ahora, quince años más tarde, habría muchas cosas que podría hacer mejor, pero fue un libro escrito al principio de algo, al principio del resurgimiento del feminismo"[5].

Todo esto llevado por una historia de amor y traición, y el encuentro de dos culturas y concepciones del mundo. Este encuentro puede provocar un enriquecimiento o una supresión de una de las partes. Aquí la supresión existe sólo parcialmente para mostrar la irracionalidad, y el enriquecimiento puede concretarse, y resalta con mayor crudeza esa irracionalidad. Ahora bien, no podemos dejar de recordar que este trabajo partió de lo que Le Guin deja en claroo, y esto a su vez evoluciona hacia una profecía que se cumple y este hecho tan extraordinario se reveló a partir de una pregunta que se formuló correctamente.

 

Por los senderos del bosque

A principios de la década del '70, Vietnam era la espina clavada en el costado de los norteamericanos, o al menos de aquellos con una conciencia un poco más abierta al resto del mundo. Esa angustia lleva a Ursula K. Le Guin a escribir: "El nombre del mundo es bosque" (The name for world is forest), y a través de esta dolorosa aventura, que tiene mucho de las actuales luchas ecológicas, nos proporciona la oprtunidad de recuperar el tiempo de los sueños.

Los habitantes donde la palabra mundo es la misma que designa al bosque utilizan sus sueños para guiarlos en la lucha por conservar su mundo tal cual es. La violencia estalla para defender el propio hábitat y allí las palabras de las mujeres, las matriarcas de los bosques, llevan la voz de la mesura y la decisión. Y desde su óptica han descripto a su invasor, el ser humano: "Han dejado sus raíces en otra parte, tal vez, en ese otro bosque de donde ellos vienen, ese bosque sin árboles. Por eso toman venenos para poder soñar, pero sólo consiguen embriagarse o enfermearse. Nadie puede saber con certeza si son hombres o no lo son, si están cuerdos o locos, pero eso no importa. Hay que expulsarlos del bosque, porque son peligrosos Si son hombres son hombres ineptos, incapaces de soñar y de actuar como hombres. Por eso mismo van de un lado al otro, atormentados y destruyendo y matando, impulsados por los dioses que llevan dentro, esos dioses que no quieren liberar y que ellos tratan de destruir y negar. Si son hombres, son hombres malvados, que han renegado de sus propios dioses, y que temen verse las caras en la oscuridad"[6].

De cara al siglo XXI, ¿podremos conseguir nosotros también un mundo habitable, donde aquellos que encarnaban la locura y la enfermedad del cuerpo y del alma queden relegados por sí mismos a la soledad?

Notas

1. Le Guin, U.: "La mano izquierda de la oscuridad". Trad.: Francisco Abelenda, Buenos Aires, Argentina, Ediciones Minotauro, 1973.

2. Le Guin, U., Gorodischer, Angélica: "Escritoras y escritura". Trad.: Silvina Domínguez Halpern y Paula Brudny. Bs. As., Feminaria Editora, 1992.

3. Bellessi, Diana: reportaje a U.K. Le Guin, revista "El Péndulo", segunda época, Bs. AS., Argentina, septiembre 1981.

4. Id. nota 1.

5. Id. nota 3.

6. Le Guin, U.: "El nombre del mundo es bosque". Trad.: Matilde Horne, Bs. As., Argentina, Ed. Minotauro, 1979.